El padre Martín González celebra un nuevo aniversario al frente de la Parroquia San José y hace un balance de obras, fe y desafíos compartidos.
El calor aprieta en la mañana saladeña. Hubo incluso un corte de luz que sumó pesadez a la jornada. Pero del otro lado del micrófono, el padre Martín González responde con humor: “La panza sí pesa, eso seguro”, bromea cuando Fabio Moreira le pregunta si los nueve años al frente de la Parroquia San José se sienten en el cuerpo o en el alma. Este 11 de febrero se cumplen nueve años desde su llegada a Saladas. Y el balance, dice, es “bastante positivo”.
En diálogo con el programa Un Día Perfecto de Radio Urbana 90.5, el sacerdote repasó aprendizajes, obras concretas y los desafíos que aún quedan por delante.
“Aprender a ser párroco de nuevo”
Antes de llegar a Saladas, el padre Martín había estado ocho años en otra parroquia. Sin embargo, asegura que el cambio fue profundo. “Me tocó aprender a hacer párroco de una comunidad del interior, que es distinta a una comunidad de capital. No es mejor ni peor, es distinta”, explicó.
Horarios, dinámicas, distancias y hasta formas de vincularse con la comunidad marcaron un proceso de adaptación. “Tuve que desandar un camino ya recorrido para aprender a andar otro”, reflexionó.
Agradecido por la acogida, reconoce que él se siente bien, aunque deja abierto el juicio final: “Yo estoy bien, pero no sé si los saladeños están bien conmigo. Eso lo tendrán que decir ellos”.
Ladrillos y algo más difícil
En estos nueve años, las transformaciones edilicias son visibles. La casa parroquial fue refaccionada y hoy puede albergar a tres sacerdotes. Se construyeron salones para catequesis —en total, once nuevos espacios—, se ordenó el predio con iluminación y cerramiento perimetral, y se consolidó la librería y la secretaría parroquial.
Sin embargo, el propio sacerdote relativiza la magnitud de esas obras: “Las obras son lo más fácil de hacer. Lo más difícil es construir la comunidad”.
Ese es, para él, el verdadero desafío pastoral. Y asegura que ese crecimiento se percibe especialmente en las fiestas patronales, cuando “hay mucha gente dando vueltas, colaborando, participando”.
También destacó el fortalecimiento de espacios como el Oasis Don Bosco —con el merendero Bienaventurados y el trabajo de los clubes del predio— y el Hogar de Ancianos San José. “Descanso en ellos”, dijo, valorando el compromiso de las comisiones y voluntarios que sostienen esas obras sociales.
Un templo a oscuras, una comunidad encendida
La Parroquia San José atraviesa una etapa clave: la segunda fase de la obra de refacción del templo histórico. Actualmente, el edificio permanece sin luz eléctrica por trabajos en la instalación y pintura, a lo que se suma un imprevisto mayor: el techo deberá ser elevado y reconstruido por problemas estructurales detectados en las chapas y canaletas.
“Nos encontramos con que había que levantar el techo y hacer una estructura nueva más alta”, detalló. El proyecto reformulado ya fue presentado y aguardan la aprobación correspondiente para continuar.
Mientras tanto, las celebraciones se realizan en el salón parroquial. Incluso la próxima novena patronal, que comenzará en menos de un mes, se vivirá en un formato especial: altar en el salón y pantallas gigantes en los patios para que todos puedan participar.
“La primera vez que llegué en 2017 tampoco teníamos templo para las patronales. No será la primera… espero que sea la última”, expresó con esperanza.
En la reciente fiesta de la Candelaria, celebraron dentro del templo sin luz eléctrica, únicamente con velas. “Tal vez nunca más pase en la historia que tengamos el templo sin luz. Fue un signo muy elocuente: nosotros somos la luz del templo”, afirmó.
Permanecer o partir
Consultado sobre la posibilidad de un traslado —algo habitual en la vida sacerdotal—, el padre Martín fue sincero: “Si algún sacerdote dijera que nunca lo pensó, estaría mintiendo”.
Reconoce que a veces uno quiere irse y le toca quedarse, y otras quiere quedarse y le toca partir. “No siempre coincide el querer de Dios con nuestra afectividad”, reflexionó.
Por lo pronto, su decreto como párroco tiene tres años más de vigencia. “Tenemos un tiempo todavía para trabajar juntos”, aseguró, dejando claro que cualquier cambio siempre es dialogado con el obispo.
Mientras tanto, dice sentirse “hallado” en Saladas: por la gente, por la posibilidad de desarrollar obras y hasta por las rutas que le permiten practicar ciclismo, una de sus pasiones.
Un cura con guitarra
Sobre el final, entre risas, reveló que ya grabó un disco tiempo atrás. No es una cuenta pendiente, aunque admite que la música forma parte de su historia.
A nueve años de su llegada, entre ladrillos, pantallas, bicicletas y guitarras, el padre Martín González continúa escribiendo su propia crónica en Saladas: la de una comunidad que, aun con el templo a oscuras, sigue buscando ser luz.


